Las Leyendas Franciscanas
Enseñan la Unidad de Todos los Seres
 
 
Carlos Cardoso Aveline
 
 
 
Símbolo de la defensa de los animales, Francisco (1181-1226) llamaba
hermanos al sol, a la luna, el fuego, el agua, el viento, la tierra y todos los seres
 
 
 
Las antiguas leyendas sobre santos, sabios y héroes son formas de enseñar cuya eficacia parece crecer a medida que pasa el tiempo. Hablan directamente al alma. Transmiten información al hemisferio cerebral derecho, que funciona como instrumento de la experiencia mística en la consciencia humana.
 
Tales historias deben ser reconocidas y valoradas como leyendas: no es correcto considerarlas verdaderas en sentido literal.
 
La práctica más modesta de la biografía documentada es reciente. Lo que se gana con ella en cuanto a documentación material se pierde, a veces, en cuanto a profundidad. No todos son capaces de conciliar el lenguaje del alma con una documentación correcta y verificable.
 
Desde hace milenios, la historia de las vidas de los grandes instructores religiosos ha sido casi siempre legendaria. Su significado no es obvio. Para la filosofía esotérica, las vidas de sabios como Cristo, Osiris, Buda, Krishna, Lao Tse o Zoroastro son ejemplos de lenguaje simbólico. Deben leerse en profundidad, y Francisco de Asís, el santo del siglo XIII, está lejos de ser una excepción. La leyenda franciscana transmite lecciones universales que los habitantes del siglo XXI pueden poner creativamente en práctica.
 
El Espíritu Vivo Trasciende las Especulaciones
 
Cuando vamos más allá de la letra muerta, percibimos la unidad esencial entre los diferentes campos de conocimiento. Cada religión o filosofía puede enseñar algo valioso al alma humana, pero ninguna de ellas es suficiente en sí misma. El espíritu de la sabiduría está encima de las divisiones y especulaciones intelectuales. San Francisco de Asís envió una carta a su colega portugués, san Antonio de Lisboa y Padua, pidiéndole que enseñara teología a los hermanos, “a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de la oración y devoción”. [1]
 
La idea constituye un axioma central en la filosofía esotérica. Es imprescindible estudiar los aspectos teóricos de la teosofía original, y son fascinantes, pero Helena Blavatsky escribió: “Teósofo es el que practica la teosofía”. En ausencia de una devoción sincera a la causa de la humanidad, el discurso “espiritualizado” puede hacer más mal que bien. La silenciosa contemplación interior de las verdades universales es necesaria. La práctica diaria de la enseñanza es igual de decisiva. Este es uno de los puntos en los que Francisco coincide con la filosofía esotérica. En el documento “Admoniciones”, afirma:
 
La letra mata, pero el espíritu vivifica (2 Cor 3,6). Son matados por la letra los que únicamente desean saber las solas palabras, para ser tenidos por más sabios entre los otros y poder adquirir grandes riquezas que legar a sus consanguíneos y amigos. (…) Y son vivificados por el espíritu de las divinas letras quienes no apropian al cuerpo toda la letra que saben y desean saber, sino que con la palabra y el ejemplo se la restituyen al altísimo Señor Dios…”. [2]  
 
Cabe examinar lo que significa la palabra “Dios”. Cada religión, cada iglesia y hasta cada creyente individual fabrica a Dios a su imagen y semejanza. Sin embargo, para la filosofía esotérica no hay nada que se asemeje a un dios monoteísta. En todas las dimensiones del cosmos infinito, existe una inmensa pluralidad de energías e inteligencias divinas.
 
La Ley Universal o Ley del Karma rige el universo entero.
 
Toda la Naturaleza es sagrada, y Francisco parece haber percibido este hecho intuitivamente. Aunque haya procurado mantenerse obediente a las instituciones de la Edad Media, sus inclinaciones teosóficas y panteístas son evidentes y profundas.
 
Nuestra Señora la Pobreza
 
 
Una imagen de santa Clara
 
 
Poco antes de morir, Francisco hizo algunas recomendaciones finales en el denominado Testamento de Siena. Aparece allí el concepto de “Nuestra Señora la Santa Pobreza”. El sabio afirma:
 
“Escribe cómo bendigo a todos mis hermanos, a los que están en la Religión y a los que han de venir hasta la consumación del siglo. Como, a causa de la debilidad y el dolor de la enfermedad, no me encuentro con fuerzas para hablar, declaro brevemente a mis hermanos mi voluntad en estas tres palabras: Que, en señal del recuerdo de mi bendición y de mi testamento, se amen siempre mutuamente, que amen siempre a nuestra señora la santa pobreza y la guarden, y que vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia”. [3]
 
En la tradición franciscana, Clara es la figura femenina que complementa al santo. Es una personificación de la pobreza mística, es decir, del desapego hacia las situaciones materiales.
 
Aunque obedecer externamente a la Iglesia fuera esencial para la supervivencia del trabajo franciscano, la divinidad femenina de su Orden de los Hermanos Menores es la “señora Pobreza”, es decir, la simplicidad voluntaria, el despojamiento. El contraste es profundo con la Iglesia, cuyos clérigos y obispos vivían en el lujo material, en medio de la extrema pobreza del pueblo.
 
A pesar de las apariencias, la verdad es que Francisco estaba luchando de modo no violento contra la corrupción del clero. Tampoco creía en la obediencia ciega. Considerado por algunos como un precursor de la Reforma de Lutero, el santo de Asís afirmó:
 
“(…) Si alguno de los ministros manda a un hermano algo contra nuestra vida o contra su alma, el tal hermano no esté obligado a obedecerle, pues no hay obediencia allí donde se comete delito o pecado. Sin embargo, todos los hermanos que están bajo los ministros y siervos consideren razonable y atentamente la conducta de los ministros y siervos; y si vieren que alguno de ellos se comporta carnal y no espiritualmente en conformidad con nuestra vida, y que, después de una tercera amonestación, no se enmienda, denúncienlo (…) al ministro y siervo de toda la fraternidad, sin que oposición alguna se lo impida”. [4] 
 
Acostumbrado a enfrentar presiones del alto clero corrupto, Francisco estableció lo siguiente en su última voluntad a las hermanas de Santa Clara:
 
“(…) Os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad muy alertas para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea”. [5]
 
Evitar Ser Esclavos del Dinero
 
 
La fuente de este retrato de Francisco es Tomás de Celano, su contemporáneo y primer biógrafo
 
 
No se puede calcular en dólares el valor de una vida humana. Tampoco es posible comprar o vender conocimiento sagrado o felicidad. Nadie encuentra Ética en las estanterías de los supermercados. Cuando una sociedad se alza hasta el nivel en el que la sabiduría universal se comprende, las personas viven según valores más importantes que los billetes de papel emitidos por los bancos centrales.
 
En la Edad Media, la influencia del dinero era menor que en el siglo XXI. Muchas relaciones sociales no eran mediadas por la moneda, y podemos leer estas palabras de Francisco en el punto cuatro de la segunda Regla para los hermanos menores:
 
“Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero o pecunia ni por sí mismos ni por intermediarios. Sin embargo, únicamente los ministros y custodios provean con cuidado solícito, por medio de amigos espirituales, a las necesidades de los enfermos y al vestido de los hermanos, teniendo en cuenta los lugares, las épocas y las regiones frías, como vean que lo aconseja la necesidad; dejando siempre a salvo, como se ha dicho, el no recibir dinero o pecunia”. [6]
 
Francisco era severo con la deslealtad. Después de prohibir aceptar dinero, propuso lo siguiente en la primera Regla para los hermanos menores, un texto en el que el ideal franciscano brilla sin mutilaciones:
 
“Y si acaso (…) ocurriera que algún hermano recoge o tiene pecunia o dinero, (…) tengámoslo todos los hermanos por falso hermano y apóstata, ladrón y bandido, y como a quien tiene bolsa [Judas Iscariote]”. [7]
 
Algunas Lecciones Para el Siglo XXI
 
Aunque la prohibición del uso de dinero no puede aplicarse literalmente en el siglo XXI, hay varias lecciones prácticas que pueden sacarse de la idea que inspiró las palabras de Francisco.
 
El sentido común enseña que es necesario valorar el trabajo solidario y voluntario. Las personas bien informadas tienen el deber de promover la elección de una vida simple, la superación del consumismo ecológicamente irresponsable y la práctica de la ayuda mutua entre los ciudadanos, sin mediación de moneda.
 
Hay que percibir lo que tiene más valor que el dinero. Es recomendable establecer la diferencia entre el trabajo, por un lado, y la búsqueda de dinero, por otro. Ambas cosas no van necesariamente de la mano. El trabajo altruista es una forma de oración. La búsqueda de dinero, en algunos casos, es lo contrario.
 
La propuesta franciscana apunta a la economía solidaria del futuro. Propone relaciones económicas y sociales ecológicamente correctas, orientadas al bienestar de todos los seres y no al enriquecimiento personal de fulano o mengano. La práctica del franciscanismo original contrastaba frontalmente con la corrupción del alto clero a finales de la Edad Media, y hoy todavía contrasta con el lujo del Vaticano.
 
En las décadas siguientes a la muerte del sabio de Asís, el Vaticano persiguió sin compasión ni piedad a los franciscanos más radicales y a los partidarios del Evangelio Eterno, que seguían la visión de fraternidad universal compartida por Joaquín de Fiore.
 
Trabajo u Ociosidad
 
El trabajo es sagrado. El esfuerzo creador y constructivo es fuente de felicidad, y la segunda Regla de los franciscanos establece:
 
“Aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia del trabajo, trabajen fiel y devotamente, de forma tal, que, evitando el ocio, que es enemigo del alma, no apaguen el espíritu (1 Tes 5,19) de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales. Y como remuneración del trabajo acepten, para sí y para sus hermanos, las cosas necesarias para la vida corporal, pero no dinero o pecunia; y esto háganlo humildemente, como corresponde a quienes son siervos de Dios y seguidores de la santísima pobreza”. [8]
 
Viviendo en la Edad Media, Francisco usaba con naturalidad el término “diablo”. En realidad, esta palabra es solo una personificación simbólica de aquel nivel de ignorancia humana que se resiste activamente al aprendizaje espiritual. La ignorancia que busca eternizarse existe subconscientemente. Como todo mal hábito, lucha por su preservación y es capaz de usar una astucia traicionera tanto en el plano individual como en el ámbito colectivo. El trabajo altruista – conocido en Oriente con el nombre de Karma Yoga – es un arma eficaz contra este enemigo del peregrino espiritual. Así, la primera Regla de los franciscanos recomienda:
 
“Todos los hermanos procuren ejercitarse en obras buenas, porque escrito está: ‘Haz siempre algo bueno, para que el diablo te encuentre ocupado’. Y además: ‘La ociosidad es enemiga del alma’”. [9]
 
El Usufructo del Universo Pertenece a Todos
 
Hay una simetría inevitable en el Universo. A cada renuncia externa le corresponde una adquisición interna, y viceversa. En consecuencia, es muriendo para la vida material como se nace a la vida espiritual. Y Francisco recomendó:
 
“Los hermanos no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y, cual peregrinos y forasteros en este siglo (cf. Gén 23,4; Sal 38,13; 1 Pe 2,11), que sirven al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (cf. 2 Cor 8,9). Esta es la excelencia de la altísima pobreza, la que a vosotros, mis queridísimos hermanos, os ha constituido en herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres en cosas y os ha sublimado en virtudes (cf. Sant 2,5)”. [10]
 
El “reino de los cielos” es una imagen simbólica que representa los niveles superiores de consciencia. El mundo del espíritu es cósmico. Un fragmento de una Regla de la orden franciscana afirma que los hermanos menores “nada deben desear tener bajo el cielo si no es la santa pobreza, gracias a la cual el Señor les proporcionará en este siglo alimentos para el cuerpo y virtudes para el alma, y en el futuro conseguirán la herencia celestial”. [11]
 
La ausencia de posesiones no solo produce una recompensa futura, sino que es fuente de felicidad y liberación inmediatas. El pensador francés Ernest Renan, que se identificó personalmente con el ideal franciscano, escribió lo siguiente en el siglo XIX:
 
“Así como el patriarca de Asís, he pasado por el mundo sin apegarme seriamente al mundo; como un simple inquilino, me atrevo a decir. Nosotros dos, sin tener nada propio, somos ricos. La divinidad nos ha dado el usufructo del universo, y nos contentamos con disfrutarlo sin tener posesiones”. [12]
 
La Leyenda del Lobo
 
La fuerza de la renuncia despierta el poder de la unidad con todos los seres, y la leyenda franciscana muestra numerosos ejemplos de este hecho. Cuenta la tradición que un lobo de gran porte aterrorizaba al condado italiano de Gubbio, devorando tanto animales como seres humanos. Nadie más tenía agallas para salir de la ciudad, cuando Francisco fue a buscar al animal. Al verlo, el santo hizo la señal de la cruz, se concentró mentalmente y dijo:
 
“Ven aquí, hermano lobo”.
 
El lobo se acercó a Francisco como un cordero y se echó a sus pies.
 
Francisco le dio una orden en nombre de Cristo para que parase de perseguir a las personas. Pronunció un elaborado discurso ante el lobo, enumerando uno por uno sus errores. Finalmente, estableció las condiciones de una paz futura entre el animal y los habitantes del condado.
 
El lobo respondió con humildad, asintiendo con la cabeza. Prestó un juramento solemne y prometió no atacar nunca más a las personas. A cambio, el santo anunció que los habitantes de la ciudad le darían el alimento necesario para su supervivencia. Francisco selló el acuerdo apretando la mano del lobo. [13]
 
Para los más diferentes pueblos, el lobo es, desde la antigüedad, un símbolo de las pasiones animales que persiguen a los seres humanos menos sabios y “devoran” todo lo que ven frente a sí.
 
La Maldad No Es Mal Karma Para Quien la Sufre
 
Los desinformados piensan que el egoísta y el mentiroso perjudican realmente a sus víctimas.
 
Desde un punto de vista teosófico, sin embargo, la maldad y la injusticia perjudican sobre todo a quien las comete. También en este caso, el desapego y la atención marcan la diferencia. La víctima solo se ve perjudicada seriamente cuando se apega al sufrimiento, o cuando reacciona con un odio ciego y un rencor primario. Francisco, que poseía sentido común, hizo registrar en la primera Regla:
 
“Y sepan que el bochorno no se imputa a los que lo padecen, sino a los que lo causan”. [14]
 
En otro fragmento cita a Mateo 5:10-12:
 
“Dichosos los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el remo de los cielos (…). Dichosos sois cuando os odien los hombres, y os maldigan, y os persigan, y os excomulguen y reprueben, y rechacen vuestro nombre como malo, y cuando os achaquen todo mal calumniándoos por mi causa”. [15] 
 
Jesús, el autor simbólico de estas palabras, representa el Camino.
 
Quien recorre el Camino de la ética y de la sabiduría puede que sea despreciado en el mundo, porque su vida sigue una lógica incomprensible para el materialista. No obstante, el sufrimiento causado por la incomprensión es fuente de más aprendizaje. En última instancia, todo el sufrimiento “probatorio” del aprendiz culmina en la felicidad incondicional que emerge de la sabiduría consolidada.
 
Los materialistas, en cambio, recorren el verdadero camino del sufrimiento. La obra “Las florecillas”, una colección de leyendas franciscanas, enseña este principio teosófico:
 
“Muchos dolores y muchas angustias tiene el hombre miserable que pone su corazón y su esperanza en las cosas terrenas, por las cuales abandona y pierde las cosas celestiales y aun a la postre perderá estas terrenales. El águila vuela muy alto; pero si tuviese algún peso ligado a sus alas, no podría volar muy alto; y así el hombre, por el peso de las cosas terrenas no puede volar alto, esto es, llegar a la perfección; pero el hombre sabio que se liga el peso de la memoria y de la muerte y del juicio [16] en las alas del corazón, por causa del gran temor, no podría volar alto por las vanidades y las riquezas de este mundo que son causa de perdición”. [17]
 
El Cántico del Sol: una Oración Panteísta
 
El manifiesto más vigoroso de la filosofía franciscana es el Cántico del Sol. En gran medida basado en el testimonio de gratitud hacia los dioses que forma parte de una obra clásica de Jenofonte, “Recuerdos de Sócrates” [18], el Cántico es una prueba indiscutible de las raíces panteístas de la más elevada mística cristiana.
 
Así como la tradición esotérica, el franciscanismo enseña la comunión inmediata con todos los seres, sin la intermediación burocrática de la misa, de una iglesia o de sacerdotes. El planeta entero es un templo, y la presencia divina está en todas partes.
 
 
La teosofía enseña la unidad de todos los seres
 
 
Según la leyenda, Francisco compuso el Cántico del Sol poco antes de morir. La oración está nominalmente dirigida al Señor Dios de los católicos; sin embargo, esta aparente personalización del principio divino universal forma parte de un enfoque panteísta en el que también el sol, el agua, la luna y otros elementos de la naturaleza son personalizados y llamados hermanos.
 
Para la teosofía de Helena Blavatsky, así como para el cristianismo de Francisco, no hay nada destituido de vida o inteligencia en el universo. Las fuerzas naturales están unidas a cada ser humano por lazos de una afinidad sutil pero incondicional. En las cartas de los Mahatmas, es posible encontrar estas palabras de un sabio de los Himalayas:
 
“La Naturaleza ha unido todas las partes de su Imperio mediante sutiles hebras de simpatía magnética y hay una mutua correlación incluso entre una estrella y un hombre”. [19]
 
Este principio de la filosofía oriental se desarrolla en forma de oración en el Cántico del Sol:
 
Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano Sol,
el cual es día y por el cual nos alumbras.
 
Y él es bello y radiante con gran esplendor:
de ti, Altísimo, lleva significación.
 
Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas:
en el cielo las has formado luminosas, y preciosas, y bellas.
 
Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire, y el nublado, y el sereno, y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.
 
Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta.
 
Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche:
y él es bello, y alegre, y robusto, y fuerte.
 
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.
 
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
 
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! [20]
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal. [21] 
 
Ochocientos años después de la vida biológica del sabio de Asís, la visión franciscana de la vida es un puente dinámico entre la tradición cristiana y otras religiones, y la filosofía universal.
 
Las lecciones que él dejó constituyen uno de los aspectos en los que cristianismo se alza hasta el nivel de la antigua teosofía de Oriente, y enseña la práctica de la fraternidad sin fronteras que marcará la civilización del futuro.
 
NOTAS:
 
[1] “San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época”, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, 1985, tercera edición revisada, p. 74.
 
[2] Obra citada, p. 80.
 
[3] Obra citada, p. 125.
 
[4] Obra citada, pp. 94-95.
 
[5] Obra citada, p. 128.
 
[6] Obra citada, p. 112.
 
[7] Obra citada, p. 97.
 
[8] Obra citada, pp. 112-113.
 
[9] Obra citada, p. 97.
 
[10] Obra citada, p. 113.
 
[11] Obra citada, p. 603.
 
[12] “Nouvelles Études D’Histoire Religieuse”, Ernest Renan, 1884, Calmann-Lévy, Éditeur, 533 pp., pp. III-IV.
 
[13] “San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época”, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, 1985, tercera edición revisada, pp. 838-840.
 
[14] Obra citada, p. 98.
 
[15] Obra citada, p. 102.
 
[16] “Juicio”: esotéricamente, el “juicio” del cristianismo convencional simboliza el inicio del proceso posterior a la muerte. A través de él, se define el rumbo del alma durante todo el proceso entre dos vidas físicas, es decir, hasta la próxima encarnación. La calidad de este largo proceso entre dos vidas depende de la calidad ética de las acciones del alma durante la vida física.
 
[17] “Las florecillas de San Francisco”, Espasa-Calpe, Madrid, España, 1980, sexta edición, versión castellana de Francisco Sureda Blanes, p. 230.
 
[18] Véase el capítulo III del libro IV de la obra “Ditos e Feitos Memoráveis de Sócrates”, incluida en el volumen “Sócrates”, colección “Os Pensadores”, Nova Cultural, Círculo do Livro S.A., 1996, 303 pp., pp. 175-177. El tema es abordado también en el capítulo dedicado a Sócrates de mi libro “Conversas na Biblioteca”, Edifurb, 2007, 170 pp., pp. 18-22. La obra contiene un capítulo dedicado al santo de Asís (pp. 47-53).
 
[19] Las Cartas de los Mahatmas”, Editorial Teosófica, Barcelona, España, 1994, carta 45, p. 384.
 
[20] “Morir en pecado mortal”: esotéricamente, esta expresión significa concluir la encarnación mientras hay un contacto nulo, o insuficiente, entre el alma mortal y el alma inmortal. Así, cuando ocurre la “segunda muerte” – la muerte astral –, la consciencia del individuo no se transfiere al yo superior y no tiene lugar la vivencia del “Devachán”, la “morada de los dioses”; en lenguaje cristiano, el alma no va al “paraíso” antes de reencarnar.
 
[21] Tal como sugiere el verso final, los que están de acuerdo con la voluntad divina de su propio yo superior no tienen nada que temerle a la “segunda muerte”, la muerte astral. Cuando ella ocurre, la consciencia se transfiere al nivel superior, la morada divina o “paraíso individual”, técnicamente llamado “Devachán” en la teosofía.
 
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El artículo “Francisco, el Santo Panteísta” está disponible en los sitios web de la Logia Independiente de Teósofos desde el 28 de noviembre de 2025.  El texto forma parte también de la edición de noviembre de 2025 de “El Teósofo Acuariano”. Se trata de una traducción del inglés, hecha por el teósofo español Alex Rambla Beltrán. El texto original es “Francisco, o Santo Panteísta”.
 
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Helena Blavatsky (foto) escribió estas palabras: “Antes de desear, trata de merecer”. 
 
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